La regeneración somete la batería a una secuencia de descargas profundas y recargas controladas, a veces con impulsos de corriente superpuestos, con el fin de disolver los cristales de sulfato de plomo que se han formado en las placas y devolver el material activo a la reacción.
Funciona cuando la pérdida de capacidad se debe a sulfatación y las placas conservan su integridad mecánica. No funciona —y conviene decirlo claro— cuando hay cortocircuito entre placas, desprendimiento de material activo, corrosión de rejillas o pérdida de electrolito: ahí no hay proceso que recupere nada.
El criterio para decidir es un ensayo de capacidad previo: si el banco entrega por encima del 50-60 % de su nominal, la regeneración suele recuperar una parte apreciable; por debajo, lo razonable es sustituir. Un segundo ensayo de capacidad al terminar es lo que mide si el proceso ha servido.